sábado, 10 de septiembre de 2011

LA ORACIÓN DE ABRAHAM


Abraham se estima que vivió en el siglo XIX antes de Cristo. Un día, haciendo un rato de oración, le pidió a Yavhé que no castigase a las ciudades de Sodoma y Gomorra. El Señor quería reprimir la depravación de costumbres a la que habían llegado en esas ciudades. La razón que dio Abraham para evitar el castigo fue que quizá habría cincuenta justos en la ciudad que no lo merecían. Con esto, Abraham demostró una caridad poco común en esa época. El Señor le dijo que si los hubiera, efectivamente sería misericordioso. Pero no encontraron cincuenta justos. Abraham fue negociando y acordaron el perdón si encontraban diez. 

El gran pecado de Sodoma y Gomorra, hace casi cuarenta siglos (se dice pronto), es algo que ahora se tiene como “progre”. Incluso se celebra como el gran avance de la libertad. Como si se saliese a las calles para celebrar que se puede curar la fiebre desangrando con sanguijuelas. En esas ciudades se habían hartado de fainomérides y se paseaban los varones con su efebos, tal era el grado de perversión. Quien pueda entender que entienda. Y quien no, no hace falta. 

No cuento todo esto porque me haya dado un arrebato de exégesis. Es que me sorprendió el comentario que hizo el Papa en su catequesis sobre la oración el pasado 18 de mayo: "Para transformar el mal en bien, el odio en amor, la venganza en perdón (…) los justos tenían que estar dentro de la ciudad, y Abrahán repite continuamente: "Quizás allí se encuentren...". Recalca el Papa que ""allí", dentro de la realidad enferma, es donde tiene que estar ese germen de bien que puede sanar y devolver la vida. Son palabras dirigidas también a nosotros: que en nuestras ciudades haya un germen de bien; que hagamos todo lo necesario para que no sean sólo diez justos, para conseguir realmente que vivan y sobrevivan nuestras ciudades y para salvarnos de esta amargura interior que es la ausencia de Dios".

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