Hoy me he encontrado en la calle delante de un contenedor de basura verde de esos que tienen como una ventanuca rectangular por la que se tira la basura diferenciada. Lo que me ha llamado la atención es que de la ventanuca asomaba de cintura para abajo el cuerpo de un ser humano que –intuyo, creo que con acierto- buscaba algo aprovechable en el interior. Delante estaba aparcada una furgoneta con la puerta abierta, y dentro un niño sucio sentado en la manta, más sucia, que cubría los asientos.
Por dentro, en silencio, he rezado por ellos. Pensé que, para adoptar esa postura vergonzosa hace falta un motivo más que proporcionado, y que muy probablemente ese motivo estaba sentado en la manta sucia de la furgoneta.
Hay crisis que, por encima del “¿qué dirán?”, empujan a comportamientos poco o nada convencionales, porque apremia la necesidad o urge el amor por alguien. Poco antes de pasar por allí, había leído una palabras, muy recientes, de Benedicto XVI sobre esas posturas de búsqueda.
“Vengo aquí a encontrarme con millares de jóvenes de todo el mundo, católicos, interesados por Cristo o en busca de la verdad que dé sentido genuino a su existencia”. Lo dijo el Papa nada más llegar a España para la Jornada Mundial de la Juventud.
El interés por Cristo es algo continuo desde hace veintiún siglos. Es el interés por ver y sobre todo vivir las cosas como lo hizo Jesucristo, que pasó “haciendo el bien”. Queriendo a los demás: curando, consolando, animando, resucitando… Como recuerda el Youcat: nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en el Señor. Son palabras de San Agustín. Aunque quizá este comportamiento de búsqueda no sea algo excesivamente convencional y exija adoptar posturas incómodas, incluso ridículas para algunos ojos.
El interés por Cristo es búsqueda de la verdad que da sentido genuino, puro, auténtico a la existencia. Porque el sentido también lo podemos encontrar en verdades a medias, o en falsedades. El Papa vino a nuestro encuentro para “exhortar a los jóvenes a encontrarse personalmente con Cristo Amigo (…)”.
Debería faltarnos vergüenza y sobrarnos valentía para zambullirnos de cabeza en nuestro propio interior, eso que llamamos corazón, para apartar la basura y hacerle hueco a Él. Es la postura que adoptó San Agustín en su búsqueda de Dios, y tuvo éxito. Lo buscó dentro de sí, y lo encontró.

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