Copio las palabras que pronunció Benedicto XVI en la Audiencia General del 17 de agosto pasado. Forma parte de una catequesis que el Papa comenzó en la Audiencia del 4 de mayo y que trata sobre diversos aspectos de la oración. He subrayado algunos párrafos que me parecen especialmente interesantes.
Queridos hermanos y hermanas:
Estamos aún en la luz de la fiesta de la Asunción de la Virgen,
que, como he dicho, es una fiesta de esperanza. María ha llegado al Paraíso y
este es nuestro destino: todos nosotros podemos llegar al Paraíso. La cuestión
es cómo. María ya ha llegado. Ella —dice el Evangelio— es «la que creyó que se
cumpliría lo que le había dicho el Señor» (cf. Lc 1, 45). Por tanto, María creyó, se
abandonó a Dios, entró con su voluntad en la voluntad del Señor y así estaba
precisamente en el camino directísimo, en la senda hacia el Paraíso. Creer,
abandonarse al Señor, entrar en su voluntad: esta es la dirección esencial.
Hoy no quiero hablar sobre la totalidad de este camino de la fe,
sino sólo sobre un pequeño aspecto de la vida de oración, que es la vida de
contacto con Dios, es decir, sobre la meditación. Y ¿qué es la meditación?
Quiere decir: «hacer memoria» de lo que Dios hizo, no olvidar sus numerosos
beneficios (cf. Sal 103, 2b). A menudo vemos sólo las
cosas negativas; debemos retener en nuestra memoria también las cosas
positivas, los dones que Dios nos ha hecho; estar atentos a los signos
positivos que vienen de Dios y hacer memoria de ellos. Así pues, hablamos de un
tipo de oración que en la tradición cristiana se llama «oración mental».
Nosotros conocemos de ordinario la oración con palabras; naturalmente también
la mente y el corazón deben estar presentes en esta oración, pero hoy hablamos
de una meditación que no se hace con palabras, sino que es una toma de contacto
de nuestra mente con el corazón de Dios. Y María aquí es un modelo muy real. El
evangelista san Lucas repite varias veces que María, «por su parte, conservaba
todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (2, 19; cf. 2, 51b). Las
custodia y no las olvida. Está atenta a todo lo que el Señor le ha dicho y
hecho, y medita, es decir, toma contacto con diversas cosas, las profundiza en
su corazón.
Así pues, la que «creyó» en el anuncio del ángel y se convirtió en
instrumento para que la Palabra eterna del Altísimo pudiera encarnarse, también
acogió en su corazón el admirable prodigio de aquel nacimiento humano-divino,
lo meditó, se detuvo a reflexionar sobre lo que Dios estaba realizando en ella,
para acoger la voluntad divina en su vida y corresponder a ella. El misterio de
la encarnación del Hijo de Dios y de la maternidad de María es tan grande que
requiere un proceso de interiorización, no es sólo algo físico que Dios obra en
ella, sino algo que exige una interiorización por parte de María, que trata de
profundizar su comprensión, interpretar su sentido, entender sus consecuencias
e implicaciones. Así, día tras día, en el silencio de la vida ordinaria, María
siguió conservando en su corazón los sucesivos acontecimientos admirables de
los que había sido testigo, hasta la prueba extrema de la cruz y la gloria de
la Resurrección. María vivió plenamente su existencia, sus deberes diarios, su
misión de madre, pero supo mantener en sí misma un espacio interior para
reflexionar sobre la palabra y sobre la voluntad de Dios, sobre lo que
acontecía en ella, sobre los misterios de la vida de su Hijo.
En nuestro tiempo estamos absorbidos por numerosas actividades y
compromisos, preocupaciones y problemas; a menudo se tiende a llenar todos los
espacios del día, sin tener un momento para detenerse a reflexionar y alimentar
la vida espiritual, el contacto con Dios. María nos enseña que es necesario
encontrar en nuestras jornadas, con todas las actividades, momentos para
recogernos en silencio y meditar sobre lo que el Señor nos quiere enseñar,
sobre cómo está presente y actúa en nuestra vida: ser capaces de detenernos un
momento y de meditar. San Agustín compara la meditación sobre los misterios de
Dios a la asimilación del alimento y usa un verbo recurrente en toda la
tradición cristiana: «rumiar»; los misterios de Dios deben resonar
continuamente en nosotros mismos para que nos resulten familiares, guíen nuestra
vida, nos nutran como sucede con el alimento necesario para sostenernos. Y san
Buenaventura, refiriéndose a las palabras de la Sagrada Escritura dice que «es
necesario rumiarlas para que podamos fijarlas con ardiente aplicación del alma»
(Coll. In Hex, ed. Quaracchi 1934, p. 218). Así pues, meditar quiere
decir crear en nosotros una actitud de recogimiento, de silencio interior, para
reflexionar, asimilar los misterios de nuestra fe y lo que Dios obra en
nosotros; y no sólo las cosas que van y vienen. Podemos hacer esta «rumia» de
varias maneras, por ejemplo tomando un breve pasaje de la Sagrada Escritura,
sobre todo los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, las Cartas de los
apóstoles, o una página de un autor de espiritualidad que nos acerca y hace más
presentes las realidades de Dios en nuestra actualidad; o tal vez, siguiendo el
consejo del confesor o del director espiritual, leer y reflexionar sobre lo que
se ha leído, deteniéndose en ello, tratando de comprenderlo, de entender qué me
dice a mí, qué me dice hoy, de abrir nuestra alma a lo que el Señor quiere
decirnos y enseñarnos. También el santo Rosario es una oración de meditación:
repitiendo el Avemaría se nos invita a volver a pensar y reflexionar sobre el
Misterio que hemos proclamado. Pero podemos detenernos también en alguna
experiencia espiritual intensa, en palabras que nos han quedado grabadas al
participar en la Eucaristía dominical. Por lo tanto, como veis, hay muchos
modos de meditar y así tomar contacto con Dios y de acercarnos a Dios y, de
esta manera, estar en camino hacia el Paraíso.
Queridos amigos, la constancia en dar tiempo a Dios es un elemento
fundamental para el crecimiento espiritual; será el Señor quien nos dará el
gusto de sus misterios, de sus palabras, de su presencia y su acción; sentir
cuán hermoso es cuando Dios habla con nosotros nos hará comprender de modo más
profundo lo que quiere de nosotros. En definitiva, este es precisamente el
objetivo de la meditación: abandonarnos cada vez más en las manos de Dios, con
confianza y amor, seguros de que sólo haciendo su voluntad al final somos
verdaderamente felices.

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